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28 marzo 2026

EL HUEVO QUE LLEGÓ AL ATARDECER


El jueves, cuando el sol empezaba a caer y la luz se volvía dorada, una paloma joven llegó a mi terraza. Sería entre las 18:30 y las 19:00. Traía en el cuerpo esa urgencia silenciosa que tienen los animales cuando la vida les llama desde dentro.
Sin ceremonias, dejó caer un huevo. Lo depositó en el pequeño nido improvisado que habían empezado a construir días antes sobre la maceta de Aloevera. Y como si el gesto la hubiera sorprendido incluso a ella, se marchó. La noche cayó y el huevo quedó solo, frío, expuesto, como una promesa sin custodio.
A la mañana siguiente, el huevo seguía allí, intacto pero sin calor. Yo lo miraba desde la esquina, sosteniendo esa mezcla de ternura y respeto pero sin intervenir.
Fue más tarde, ya entrada la mañana del viernes, cuando la paloma regresó. Trajo unas cuantas ramitas más, reforzó el nido con una determinación nueva y al caer la noche, una de ellas se quedó. Esa fue la primera noche de incubación.
El sábado amaneció en silencio, solo de nuevo. Pero a las 9:25, ella regresó, puntual como un reloj interno. Se acomodó sobre el huevo con un suspiro leve, como si por fin hubiera encontrado su sitio.
A las 10:00, el macho apareció. Traía más ramas en el pico, pequeñas ofrendas para fortalecer el nido. Yo me limitaba a observar, entendiendo sin palabras que ese refuerzo era un anuncio, se acercaba el segundo huevo.
Y así, entre atardeceres, ausencias breves, regresos precisos y ramas nuevas, mi terraza se convirtió en un santuario donde la vida se organiza sola, con una sabiduría de antaño que yo mientras, acompaño desde el silencio.