Al volver de la escapada que nos dimos de 6 diítas de ruta, en casa, nos esperaba una grata sorpresa, lo que antes eran dos preciosos huevos como promesas, ahora latía vida. Dos polluelos recién llegados al mundo, temblando de luz, respirando por primera vez el aire que nosotros habíamos dejado atrás.
Al asomarme, la madre me miró con esa calma que tienen los animales cuando reconocen la bondad. No hizo falta nada más. Habían nacido en el silencio, sin prisas, sin testigos. Habían elegido justo ese instante para revelarse, el momento en que nos marchamos. como si supieran que las sorpresas verdaderas esperan a que una vuelva a casa, y entonces entendí algo, la vida sigue su curso aunque no la miremos.
A veces basta un simple nido para recordarnos que todo empieza de nuevo. La maceta de aloe ya no es solo una maceta, ya no es solo un refugio, ya no es solo un rincón mas de la terraza, es un latido que crece, respira y nos recuerda que incluso en lo mas pequeño cabe un mundo entero.
Bienvenidos a la vida


















