El jueves , cuando el sol empezaba a caer y la luz se volvía dorada, una paloma joven llegó a mi terraza, sería entre las 18:30 o 19:00 cosa así, traía en el cuerpo esa urgencia silenciosa que tienen los animales cuando la vida le llama desde dentro.
Sin ceremonias, dejó caer un huevo, lo depositó en le pequeño nido improvisado que habían empezado a construir días antes, sobre la maceta de aloevera y como si el gesto la hubiese sorprendido incluso a ella, se marcho, La noche cayó y el huevo quedó solo, frío, expuesto, como una promesa sin custodia.
A la mañana siguiente, el huevo seguía solo, allí, intacto, sin calor. Yo lo miraba desde la esquina, sosteniendo esa mezcla de ternura y respeto pero sin intervenir,
Fie mas tarde, ya entrada la mañana del viernes cuando la paloma regresó. Trajo unas cuanta ramitas mas, reforzó el nido con una determinación nueva y al caer la noche, una de ellas se quedó. Esa fue la primera noche de incubación.
El sábado amaneció en silencio, solo de nuevo, pero a las 9:25, ella regresó, puntual como un reloj interno. Se acomodó sobre el huevo con un suspiro leve, como si por fin hubiese encontrado su sitio.
A las 10:00 am. el macho apareció. Traía mas ramitas en el pico, pequeñas ofrendas para fortalecer el nido. Yo me limitaba a observar, entendiendo sin palabras que ese refuerzo era un anuncio, se acercaba un segundo huevo?
Y así entre atardeceres, ausencias breves, regresos precisos y ramas nuevas, mi terraza se convirtió en un santuario donde la vida se organiza sola, con sabiduría de antaño que yo mientras, acompaño dewsade el silencio.